Después de interrumpir durante un razonable período de tiempo la actividad normal, afortunadamente, sin el síndrome post vacacional, ya me encuentro en casa. A mi pesar, contraviniendo mis buenas intenciones, regreso sin haber escrito absolutamente nada, con la cartera vacía y tal vez con un kilo de más. El descanso prolongado y el cambio circunstancial, con ser un revulsivo para las neuronas y el equilibrio psíquico, no dejan de ser también una incitación a la vagancia y el desmadre, para después terminar en brazos de la pereza. Aunque no es mi caso. Es cierto que durante estos días he leído mucho, especialmente a los clásicos, pero no hasta el punto de hacerlo con la avidez y en la medida que lo hacía Quevedo. Pues según nos cuenta la Historia, solía leer en ocasiones cuatro libros a la vez. En sus desplazamientos era imprescindible incorporar a su equipaje hasta cien libros. Si rememoro a este gran genio de las letras y de la sátira social, hombre de vasta cultura, polémico, pesimista, amargado y cortesano, es porque al visitar el Hotel de San Marcos, en León (destinado a ser en 2014 uno de los mejores hoteles del mundo), sentí un escalofrío, sólo al pensar que en este lugar (entonces prisión), estuvo recluido D. Francisco de Quevedo y Villegas, durante cuatro años. En una minúscula celda, húmeda y sombría, con los pies encadenados y ulcerados, fue víctima de la intolerancia y la crueldad de la monarquía represora de su tiempo. Cuando es liberado, en 1643, es un hombre moral y físicamente destruido. Falleció el día 8 de septiembre de 1645, pocos meses después de haber conocido la muerte de su enemigo el conde-duque de Olivares.
Según consta en la biografía actualizada por Leopoldo de Trazegnies, “Quevedo era un hombre desengañado de muchas cosas, entre otras de las mujeres, a las que deseaba alegres, pero a ser posible "sordas y tartamudas". Muchas veces se refiere a ellas de forma despectiva y a juzgar por su temática, más que frecuentar círculos familiares, conoció los ambientes prostibularios y marginales de su época, a los que llegaba atraído por el sexo pero dominado por su misoginia.”
Desgraciadamente, al espectacular complejo arquitectónico de San Marcos, con su maravillosa fachada de estilo plateresco, la historia le tenía reservado albergar a centenares de víctimas de la posguerra civil española. Con la irrupción del franquismo represor en España, compitiendo con la época de Quevedo, San Marcos fue también destinado a penal donde, por defender la libertad, muchos inocentes se dejaron su salud y también su vida, que no su dignidad, que se fue con ellos a la tumba.
