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sábado, 26 de enero de 2013

SOMBRAS DE LA DEMOCRACIA





Mi querida Democracia: cuando aún eras para mí una gran desconocida, fueron muchas las noches que soñé contigo, dejándonos arrastrar amorosamente por corrientes paradisíacas de esperanza y libertad. Pero como así tenía que ser, llegó un momento que, al despertar y volver a las trincheras de la vida, a la realidad tangible de las cosas, inesperadamente, como un regalo caído del cielo, cuando recuperé la conciencia te encontré a mi lado. Es cierto que desde aquel día quedé prendado de ti, y fue tanto el interés que despertaste en mí que, desde entonces, no he hecho otra cosa que seguirte y adularte. Algo así como el amante que pone los ojos en la persona amada hasta hacer que surja del amor un sutil velo que termina por cubrir hasta sus más visibles defectos. Es lo que yo llamaría, en éste caso, amor platónico. Si, amor por lo que siento de inclinación y afecto hacia ti y, platónico, por lo desinteresado y honesto.
Como tu propio nombre indica, tú naciste para ser equitativa en tus decisiones, infalible en tus sentencias, y justa e inflexible, a la vez, con la sociedad que presides y, sobre todo, tolerante y humanitaria con los débiles y marginados, sin prejuzgar ideologías, razas o condición social alguna. Todo eso y mucho más es lo que yo preconizaba en mis inocentes sueños de fogoso adolescente. Por eso, desde los albores de mi juventud, mi amor por ti puso norte a mi destino, y puedo asegurar que nunca más lo he podido desviar: tu magnetismo me arrastraba como una fuerza centrípeta, sin que en ningún momento haya hecho nada para contrarrestarla, pues me dejé llevar por ella, placentera y amorosamente.
Desde luego sería injusto si dijera que me has decepcionado, hasta el punto de no merecer mi veneración y respeto, pero, si me lo permites, entre las muchas dudas que me atormentan, hay algunas que te quiero reprochar, sin ánimo de zaherirte u ofenderte. Para que nuestra relación se consolide y traduzca en fidelidad, creo conveniente poner transparencia en algunos de nuestros respectivos puntos de vista.
Es indudable que yo no soy la persona más adecuada para reprocharte nada, rectificarte o enmendarte ni una sola coma de tu Carta Magna. No obstante, amparado tal vez en el valor o atrevimiento que suele dar la ignorancia, vayan por delante mis primeras dudas en forma de pregunta:

¿Me podrías decir, querida Democracia, tú que eres edificaste y honesta, teniendo en cuanta que tu señuelo es la justicia, por qué consientes y haces muchas veces de la sinrazón una norma legal?
Todos vemos cada día que quien no tiene un techo donde cobijarse, lejos de ayudarle a conseguirlo e integrarle como un miembro más del engranaje social, en lugar de hacer leyes que le protejan, haces leyes para protegerte de él; le montas guardia, lo marginas, lo desahucias y controlas sus pasos como un pus que termina pudriendo a su vecino. No obstante, cuando has conseguido destruirlo; cuando en definitiva lo conviertes en un paria, entonces lo dejas en libertad y lo abandonas como si fuera un despojo. En éste sentido, también me sale otra pregunta a flor de labios:
¿Por qué cuando hablas de inseguridad ciudadana estás pensando en el extranjero ilegal, en el “okupa”, en el marginado o desheredado sin techo, y te olvidas del ladrón de guante blanco y levita, alrededor del cual, con el poder de su dinero se ha creado un halo de impunidad o inmunidad, mientras sus tentáculos y mal ejemplo siguen dañando y corrompiendo el tejido social?
¿Qué falla en el engranaje de tu justicia para que a la hora de juzgar una fuga de capital, un hurto, una quiebra multimillonaria o blanqueo de dinero negro, cohecho, tráfico de influencias, o cualquier otro delito económico, nunca aparece el dinero sustraídos y sus protagonistas siguen siendo poco menos que burladores de la justicia?

Es evidente que si el grado de madurez y solidaridad de todas las democracias del mundo se midiera por el seguimiento escrupuloso de su Constitución, estoy convencido de que ninguna merecería el calificativo de aprobado. Como estamos viendo cada día, hasta las democracias mal llamadas modernas y consolidadas se distancian cada vez más de soluciones encaminadas a cortar de raíz los graves problemas sociales que azotan a la humanidad. "A base de tanta insistencia desvergonzada en la mentira, nos estamos acostumbrando a la mentira degradante. Unas veces con pocos reparos éticos, y otras con una insufrible resignación". Es lo que nos hace pensar que, en muchos aspectos, seguimos sufriendo los mismos atropellos e injusticias que regían en las autocracias de antaño. Pero hay una diferencia significativa, y es que las democracias modernas legitiman la sinrazón en el Parlamento, amparadas en el poder que suele dar el voto. Así pues, la democracia vista desde la dictadura, es un sueño casi divino que nos transporta a la gloria, pero cuando despiertas observas que los sueños, sueños son.

"En la lucha por alcanzar un mundo mejor, conviene no olvidar lo que fue la esclavitud: una de las mayores infamias que cubrieron para siempre de deshonra la historia de la humanidad."

“La democracia se tropezó siempre con las injusticias seculares de una oligarquía, mayoritariamente reaccionaria que no quiere perder sus privilegios”.
Según decía Goethe, “cada revolución es siempre la consecuencia del régimen que le ha precedido, lo cual se ajusta a la realidad del momento actual y, desde luego, a la situación de cambio en la forma de hacer política en la España actual. Es decir, mientras dura la revolución o reforma, es impensable juzgarla con acierto, porque sus inconvenientes se ven demasiado cerca y sus beneficios demasiado lejos”.