La vida para Ernest empezaba a ponerse
cuesta arriba y excesivamente aburrida. Encerrarse todas las noches en la misma
habitación, con los mismos carcomidos muebles, con los mismos libros de derecho
civil, con las mismas cucarachas, le estaba sacando de quicio. Era preciso
hacer un cambio para tener apego a su hogar; como el enamorado cuando regresa a
su nido de amor. Desde luego eran pocas las posibilidades que tenía para dar un
giro a su vida, pero estaba dispuesto a exprimir todo su ingenio para salir de la
monotonía en que me encontraba sumido.
El proyecto estaba en marcha, y sólo por
el hecho de intentarlo, los estímulos le despertaron el ansia de disfrutar
intensamente de la vida.
Bien -se dijo- empezaré cambiando todos
los muebles de lugar, absolutamente todos, no quedará ni un papel al que no le
dé un nuevo destino. La mesa y el ordenador los colocaré frente a la ventana,
la cama donde está el armario, y el armario donde está la cama. Así pues, no
hay tiempo que perder –musitó Ernest-. Y mientras intentaba deslizar la cama
hacia el lado opuesto, una nueva idea irrumpió en su cabeza, y se preguntó: ¿Si
durmiera en el armario, qué sucedería? Pues supongo que sería muy divertido,
todo puede ser que pruebe y veremos qué pasa. Acto seguido desalojó el armario
y lo puso en posición horizontal, con las puertas hacia arriba, ubicó un colchón,
se introdujo y cerró las puertas.
Es increíble la sensación de paz y
bienestar que siento –dijo satisfecho-. ¿Cómo no se me habrá ocurrido
antes?
Salió del armario, se sentó tranquilamente
en el suelo y echó mano de un cigarrillo, y mientras le daba unas caladas y
proyectaba el siguiente movimiento, las cucarachas pululaban intentando
encontrar un nuevo escondite. Pero esta vez haría algo definitivo: colgó la
cama de las barras de hierro que sujetaban la buhardilla, encima del armario,
donde colocó la ropa, los libros y demás utensilios que andaban en desorden.
Cuando hizo la
faena, comprobó que el espacio ganado era importante. Y recreándose en su
obra, sintió la satisfacción del que
hace un trabajo bien hecho, pues la habitación había adquirido cierto aire de
salón que le hizo respirar aires de triunfo.
No sólo he logrado
dar una apariencia estéticamente diferente a la habitación, sino que también siento
cierta paz espiritual –se refocilaba Ernest mientras contemplaba su genial
ocurrencia-.
Pero a la
siguiente noche, mientras dormía, ocurrió lo inesperado: la cama con todo el
peso se le vino encima y a punto estuvo de perecen dentro del armario.
Rompió como
pudo uno de los laterales y salió fuera, comprobando que el desastre que había
organizado era para ponerse a llorar.
¡Maldita sea!
-se recriminaba-, ya decía yo que el bienestar no suele venir gratuitamente. Y
es que, las revoluciones, en todos los
sentidos, siempre han sido muy costosas.
Cabre

