No sé si para bien o
para trastorno de todos, es indudable que la sociedad está mutando en cuanto a
las formas de entender ciertas conductas, porque si hacemos una proporción
comparada, lo que antes podía ser una cortesía o un halago, muy bien se puede
convertir hoy en el principio de una agresión moral o sexual.
Cuando viajaba sentado
en uno de los vagones del metro de Valencia, en la estación de Colón, entre
otros viajeros, subió al tren una señora de mediana edad y con aspecto agradable.
Al coincidir con la hora punta, la aglomeración obligaba a la gente a
permanecer de pie, y dicha señora vino a situarse frente a mí. Como siempre me
ocurre en estos casos, enseguida se despertó en mí la percepción de que algo no estaba haciendo bien. Una
impresión de orden moral me decía que estaba incurriendo en una incivil
descortesía, y lo primero que se me ocurrió fue levantarme y ofrecerle el
asiento. Entiendo que, con un gesto tan simple, sin renunciar a nada, sin
comprometer mi honor, ni perjudicar a nadie, estoy contribuyendo con mi ejemplo
a que la cordialidad se instale en la sociedad, que buena falta nos hace.
Una mirada despectiva
de la esbelta señora fue el premio a mi gesto de cortesía, para añadir en forma de pregunta la siguiente
observación:
“-¿Acaso piensa usted
que soy inválida?”
-De ninguna manera,
señora –le contesté-, en todo caso perdone si el gesto de levantarme para que
usted se siente le ha molestado.
“-Estoy cansada de
conductas machistas.” –me contestó.
Un ligero rubor inundó
mi rostro y mi cerebro sufrió por un instante un cortocircuito que me privó de
luz para formular la oportuna respuesta. Desde luego que la respuesta no llegó,
pero sí sentí al instante la satisfacción del deber cumplido.
Cayetano Bretones
