No sería necesario decir que el arte de hacer política es tan antiguo como el hombre. Dicha actividad lleva implícito toda la parafernalia que da sentido a cualquier farsa teatral: desde la intriga a la decepción, desde las lágrimas a la risa, desde el dolor a la felicidad; pasando por la ruindad, la traición, la corrupción, la verdad, la mentira, el triunfo o el fracaso. Es cierto que hacer política es necesario, o mejor sería decir, obligatorio. No en balde, Machado lo aconsejaba dirigiéndose a los jóvenes, cuando decía: “Haced política, porque si no lo hacéis, otros vendrán y lo harán por vosotros”.
Porque así está establecido, además de otras artes de influencia social, como puede ser el cine, la ciencia, la filosofía y la literatura, la política es una de las plataformas de mayor repercusión social. La política es también la atalaya, de la que el hombre se vale para pregonar e instituir sus ideas, ya que en ese ejercicio va también la defensa de sus propios intereses.
A la acción política se incorporan todos los sentimientos imaginables que un hombre es capaz de generar para salirse de la norma y dar a sus propuestas un cierto aire de revolución. Los políticos incorporan a su personalidad, como valores añadidos, un alto porcentaje de comediantes, de actores, incluso de payasos, tratando siempre de que su representación sea la más vista y aceptada por el gran público. Pero si encima se toca el poder, “el hombre que lo llega a poseer se convierte en un astro, y ya no veremos otra cosa en él que sus reflejos, supuesto que lo de ser hombre, algunos hasta se olvidan de que lo son”.
Al hilo de esta observación, allí donde hay un grupo de personas, grande o pequeño, colectivo o asociación, no tardará en surgir el filántropo de turno, manifestándose desinteresado y generoso, tratando de erigirse en líder o actor principal. No obstante, si seguimos sus pasos, algunos no harán otra cosa que establecer sus propios criterios, pensando siempre que ellos han venido a este mundo con misión redentora, sin la menor sombra en su conducta de perversión que les prive de su justa aspiración. Eso puede ser una realidad, pero sólo parcial, porque hete aquí que, una vez han conseguido su objetivo, los primeros fantasmas que le perseguirán serán los de la corrupción, bien sea moral o material.
En este sentido, son muchas las razones que inciden en la política para que un hombre caiga en la tentación de corromperse, pero siempre lo serán los más ambiciosos y deshonestos, sobre todo, cuando ven pasar a diario por sus manos dinero ajeno, o la oportunidad les brinda la ocasión propicia para hacer un círculo de poder. Será entonces cuando la tentación les perseguirá y estará siempre amenazante en su cabeza como la Espada de Damocles, hasta que llega el fatídico día que su influencia les hace sentirse inmunes y posiblemente claudicarán. De ahí que sea una necesidad perentoria que ningún político permanezca más de dos legislaturas en un cargo público.

