Espero
me disculpen los fumadores si después de leer estos renglones les amargo el
placer de dar una calada placentera a un cigarrillo. Pero es, por mi parte, un
deber y un reto moral el que me lleva a embarcarme en el compromiso de hacer
campaña antitabaco, pese a que ya intuyo de antemano que hay quienes viven
predispuesto a aceptar la derrota, con tal de no enfrentarse a su peor enemigo:
la voluntad.
Se dice
con frecuencia que el monopolio del tabaco es un negocio redondo para el
Estado, lo cual puede ser relativamente cierto, pero sólo relativamente. Si el
Estado hiciera números con rigor y sopesara los gastos que produce el tabaco a la Seguridad Social
por enfermedades dolorosamente largas e incurables, y los problemas
respiratorios que produce en la población adulta e infantil como fumadores
pasivos; si no predominaran los intereses de mercado por encima de la salud
pública, no dudaría un instante en cerrar todas las fábricas de cigarrillos de
España. En el peor de los supuestos, ¿acaso no es preferible tener diez persona
en el paro, por cierre de una fábrica de cigarrillos, que a cien personas
enfermas de cáncer? Y lo más curioso es que, muchas veces, inclusive los mismos
pediatras, atribuyen los problemas respiratorios de los niños a alergias, polen
y otros fenómenos atmosféricos, sin más fundamento que un pronóstico aventurado,
sin base científica,
Por
favor, convénzanse todo el mundo de que el tabaco mata, lentamente, pero al fin
mata. Y lo más triste es que cuando se manifiesta el cáncer y se quiere poner
remedio, en el mejor de los casos, aun siendo posible la curación, prepárense
enfermos y familiares para sufrir un calvario. Y cuando la curación no es
posible (que suele ser frecuente), nadie escapa del infierno.



