Sin la menor duda, los homosexuales vienen sufriendo las humillaciones menos justificadas y que más debate
despierta en buena parte de la sociedad. Dicha condición sexual, a través de
los tiempos, es objetivo permanente de las personas y colectivos más
reaccionarios, los que con un deseo constante de revalidar su condena, han
empleado el odio como arma arrojadiza contra ellos. Es denigrante que en el
siglo XXI, los homosexuales sigan viviendo aún con la inquietud del que oculta
celosamente un estigma o un secreto inconfesable. Y para los familiares que lo
viven con ellos, parece ser que todavía supone un holocausto sufrido en
silencio, esperando la afrenta pública llegado el momento de desvelar el
secreto o salir del armario. En este sentido, aflora la inevitable pregunta: ¿La
homosexualidad altera de alguna forma el orden de la vida? ¿Encontramos algún
responsable de dicha condición sexual?
De ninguna manera
podemos marginal y demonizar a nadie por una condición que es obra exclusiva de
la naturaleza. Las clasificaciones o calificaciones las hacen los hombres, y
nada de lo que hace el hombre es mera casualidad, sino causalidad.
Fundamentan
su rechazo en la injustificada creencia de que la homosexualidad es un vicio
pernicioso y depravado, o una fatal enfermedad de posible curación, como vienen
predicando algunos obispos, sin más fundamento científico que su irracional
creencia de que sólo ellos están en posesión de la verdad. También el cura
leonés, Jesús Calvo, con el más absoluto desprecio a la verdad y a los hábitos
que viste como doctor de la
Iglesia Católica , ha dicho que el cáncer que padece Pedro
Ceroso es un castigo divino por su condición de homosexual. Es increíble que
esa insultante maldad la diga un señor que ha pasado su vida predicando la
doctrina de Jesucristo.
Por
estas y otras razones, contrariamente a lo que se suele decir, cuando jugamos a
ser justos y tolerantes, en esta sociedad plagada de hipocresía, se deja ver
con frecuencia la educación sesgada y torticera que hemos recibido al respecto
con raíces ancestrales. Y siendo especialmente realistas, aunque no se
manifieste públicamente, sólo una minoría de gente considera la homosexualidad
una práctica sexual normal. Pero es que la homosexualidad no es una opción,
sino una condición, lo mismo que podemos ser rubios, morenos, altos o bajos. Está
demostrado que un niño o niña que, lógicamente, no entienden de sexo, y mucho
menos de promiscuidad, criados y educados por lesbianas u homosexuales, pueden
desarrollar perfectamente tendencias heterosexual.
Es un
derecho pedir cada cual lo que cree le pertenece, pero entiendo que siempre
debemos hacerlo desde nuestra posición de personas como ciudadanos del mundo.
Si queremos y buscamos una sociedad equitativa, moderna e igualitaria, no
podemos ni debemos hacerlo en grupos separados, diferenciando a hombres de
mujeres, homosexuales de heterosexuales, o negros de blancos. Es necesario
trabajar por la democratización de la sociedad, representada en el Parlamento o
en las instituciones públicas destinadas a defender los derechos de todos los
ciudadanos por igual. Es hora de hablar de personas y sesos y no de sexos.
Nuestro énfasis lo debemos poner, todos unidos, en presionar a los gobiernos de
turno para que promulguen leyes sin diferenciarnos a unos de otros, sin dejarse influenciar por presiones mediáticas
de instituciones con poder social. Pues suele suceder que en muchas de estas
instituciones, encontraremos precisamente a los que se rigen todavía por
criterios retrógrados, homófonos y totalitarios que no aceptan las reglas de una
sociedad moderna y democrática.
Cabre
