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viernes, 27 de junio de 2008

EL PESO DE LA CONCIENCIA




Cuando se clausuró definitivamente la cárcel de la ciudad X y se trasladó a los internos a la prisión de C, una de las tardes que paseaba en compañía de un amigo en el parterre que está situado justo enfrente de la puerta principal, observé que los chiquillos de los barrios cercanos entraban y salían del edificio a su libre albedrío, pues la puerta permanecía siempre abierta sin que nadie se encargara de su vigilancia.

De forma instintiva y arrastrado por mi natural curiosidad, propuse a mi amigo entrar en la prisión para ver en qué situación se encontraba, al mismo tiempo que para fantasear en cuanto a las historias y sufrimientos que silenciosamente quedaban allí para siempre entre aquellos muros. Así pues, con vocación de investigador, viendo en cada ladrillo un testigo presencial de los acontecimientos más insólitos, en los que se podían ver inscripciones y leyendas de todo tipo, después de inspeccionar el patio y los largos corredores, al entrar por último a una de las celdas en la que estaban amontonados varios fardos de papeles, pensando que allí podría encontrar algo interesante, me dispuse a leer todo cuanto estaba al alcance de mi mano. Nada de cuanto leía me llamó la atención: se trataba de facturas y otros documentos relacionados con la administración del centro penitenciario. Al fin, después de varios minutos moviendo papeles, encontré una nota enrollada, en forma de cigarrillo, sin firma y sin nombre, en la que con letra de inexperto y no pocas incorrecciones, pero clara y legible, se podía leer un mensaje. Mi primera impresión en aquel momento fue la de haber encontrado algo importante, y acto seguido me lo guardé en el bolsillo con especial cuidado para no perderlo.

Cuando salí a la calle y lo leí detenidamente varias veces, cada letra de aquélla nota me llevaba a las excentricidades y supuestos más esotéricos, pero fue inevitable expeler un suspiro cuando al fin me detuve a pensar lo que en ella decía:

“Cuando ya me siento preparado para retomar mi responsabilidad social y me incorporo a la vida como ciudadano libre, no quisiera morir sin antes dejar constancia de mi sufrimiento y angustia por dos razones totalmente encontradas. Por un lado estoy cumpliendo condena por un delito, del que no me siento culpable, y sí me siento cabeza de turco. Y, por otro lado, llevo sobre mis espaldas el peso de la responsabilidad civil y moral de un atraco a una sucursal bancaria del que, posiblemente, endosarán la culpa a otro inocente. Por tanto, se podría decir que estoy en paz con la justicia, pero sigo en deuda con mi conciencia.”

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