
Cuando por distintas razones nos creemos con capacidad para juzgar a los demás, si no es que hemos sacado conclusiones irrefutables para emitir un juicio objetivo a través de una larga convivencia, nos podemos encontrar con sorpresas que son la paradoja de lo que realmente imaginamos. Es decir, el modelo en el que ponemos los ojos se puede desmoronar, especialmente cuando nos empeñamos en mantener una opinión, sin una base firme que acredite nuestra valoración respecto de las personas o las cosas. Y esto nos ocurre hasta el punto que, cuando nos empañamos en imprimir en algo o alguien la marca de bueno, malo, regular, o cualquier otro calificativo, es muy difícil desviar la orientación de los afectos o desafectos cuando se contagia a la sociedad. Por esta razón, me resisto a creer en la clasificación permanente de los héroes, de los cobardes, de los buenos, de los malos, de los santos, de los leales, de los traidores, y también de los valientes: como dijo alguien (sirva como ejemplo), "el valiente no es un ser extraordinario, sino que hace algo extraordinario en un momento extraordinario".
Nadie es virtuoso las veinticuatro horas del día, ni tampoco es un degenerado durante el mismo período. En todo caso creo en la conducta de la gente y la honestidad que se desprende de dicha conducta por su condición natural en el día a día que es, creo, lo que nos diferencia a unos de otros y lo que imprime en última instancia el grado de valor moral que cada persona goza y merece. Un sólo hecho extraordinario a lo largo de toda una vida que acreditan a una persona como tal, no convalida ni da derecho a nadie para arrogarse o arrogarle un reconocimiento o descrédito público que se irá con él a la tumba. Hay que tener en cuenta que todos podemos actuar en contradicción al calificativo por el que somos censurados o alabados. En definitiva, nadie es tan malo como su enemigo dice, ni tan bueno como su madre alardea, sino que es, muchas veces, lo que se nos antoja o nos complace que sea

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