“Donde hay mentira no hay esperanza”.
“Con
la mentira suele irse muy lejos, pero sin esperanza de volver”.
Son
verdades inamovibles que definen perfectamente, en el aspecto político, la
situación que vivimos actualmente en España.
Desgraciadamente,
por interés o por miedo, “los hay que bendicen antes la mentira de un infame
que la verdad de un santo.”
Es
cierto que siempre han existido filántropos que han dedicado su vida y su obra
para intentar hacer un mundo más habitable para todos, lo que ha sido loado y
enardecido por la gran mayoría de la sociedad.
Pero
si con el paso del tiempo sus obras se posesionan en la sociedad con categoría
de derechos, pronto aparecerá la astucia destructora de los mentirosos, acusándoles
de practicar la argucia en beneficio propio, por lo que en adelante
justificarán su rechazo y se encargarán de destruir su obra para cortar las
alas a la justicia social.
La liberación para muchas personas sigue
siendo un sueño, una utopía más en la vida por lo que, en cierto modo, nunca dejaron
de existir los esclavos. Esclavos premeditadamente necesarios para alimentar la
codicia de los poderosos. Pero no, los
poderes financieros y políticos ya no están interesados en crear esclavos con
cadenas y grilletes. Sus preferencias están cimentadas en la enfermiza obsesión
de anular la personalidad de la clase trabajadora para conducirlos como a una
manada de borregos, trabajando de sol a sol, pero sin derechos y, si es
posible, sin cultura y sin capacidad para decidir.
Los
recortes en la educación y el raquitismo de los salarios y pensiones, ha sido
siempre en España una obsesión enfermiza de las políticas neoliberales.
Con
la educación y la sanidad privadas, menos becas, menos profesores, menos
ciencia, menos médicos y personal sanitario, menos salud y menos democracia. Al
fin caminamos hacia una España de tarados psíquicos e indigentes culturales.
En
un Estado democrático, es evidente que todos tenemos derecho a elegir las
opciones políticas que supuestamente pueden colmar nuestras aspiraciones ideológicas.
No obstante, suele suceder con generosa frecuencia que las ideologías de muchos
ciudadanos van por un lado y sus necesidades económicas por otro, por lo que
raramente sus aspiraciones se ven cumplidas. Se suele decir que cuando un trabajador vota a la derecha, es como tirar
piedras a su propio tejado. Pero no importa, “un tonto siempre encuentra a otro
tonto que lo admira”.
“Discrepo
de tu opinión, pero lucharé hasta la muerte para que tú te puedas expresar
libremente.”
¿Pero
realmente respetamos los derechos de los demás declinando los nuestros?
Si
hago esta reflexión, no es por otra razón que la de terminar de una vez con los
discrepancias sociales que vienen impidiendo que la Historia se abra al
conocimiento de todos. Nos guste a no nos guste, la verdadera Historia de los
pueblos es para leerla y para aprender de ella. Otra cosa es que la mentira la
tergiverse o la oculte en beneficio de intereses bastardos.
Cayetano
Bretones
