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domingo, 13 de julio de 2014

Traiciones de la vejez


         Pasamos por una etapa en que la esbeltez y belleza física, especialmente en las mujeres jóvenes, se ha convertido poco menos que en una enfermiza obsesión: es lo que se lleva hoy y lo que da realce, porque delgadez es sinónima de armonía y perfección. No importa cultivar otros valores si el físico no responde a las exigencias del momento.
      Es un esfuerzo baldío -dicen muchas mujeres-, teniendo en cuenta que para aspirar hoy a cualquier cargo u ocupación profesional, la presencia física determina en buena medida las posibilidades que existen de alcanzarlo o no.
      Los medios de comunicación en general, diseñadores de moda y otros intereses que giran alrededor de este mundillo, han establecido las bases y diferencias en los derechos y en el trato de forma descarada a la mujer que entendemos por normal. Esta situación ha venido creando en la joven ambiciosa e inmadura una psicosis de calamitosa imperfección que viene degenerando en patologías mentales muchas veces incurables. Pero si seguimos indagando en esta dirección, nos encontramos con que esa fiebre patológica también alcanza a muchas mujeres ya ancianas que de jóvenes fueron verdaderamente hermosas y hoy, a sus setenta años o más, siguen creyendo que todavía disfrutan de una belleza radiante.  Sería más correcto decir belleza mustia, ya que no puede ser bella una rosa cuando se ha marchitado. La belleza física en el ser humano, como las flores, sólo se manifiesta en su juventud. Todo lo demás es un intento de reivindicar a la naturaleza unos dones que ya no nos pertenecen.
     Como decía García Lorca de la vida, la vejez no es ni buena, ni santa, ni sagrada. Es, eso sí, la antesala de la muerte. Y como si ya no tuviéramos derecho a nada, la vejez nos va despojando poco a poco de cualquier indicio que tenga que ver con la belleza y la frescura, adiestrando así nuestra mente para admitir finalmente, si no es que morimos antes, que hemos de terminar siendo un castillo de huesos o un montón de grasa que se mueve por inercia.
     Sin tener en cuenta otros problemas psicosomáticos, que por lo general suelen ser abundantes, la vejez por sí sola ya es deprimente. Un octogenario no tiene más que mirarse al espejo para observar, si hay alguna duda, que no es otra cosa que la prolongación de la vida en su fase de degeneración, y todos los signos físicos le recuerdan cada día que su vida se extingue por agotamiento.
     Es también evidente que la vejez, en su matemático proceso, sólo termina usando la resta, y cuando usa la suma lo hace en negativo. Es decir, va restando facultades físicas y psicológicas, para sumar a cambio achaques, resultando al final un balance que determina a las claras que se camina hacia los números rojos o saldo negativo.
     Especialmente los hombres, lo primero que empezamos observando cuando llegamos a viejos o hemos dejado de ser jóvenes es, la respuesta negativa de la naturaleza a ciertos comportamientos que sólo eran un juego en la juventud. Nos quita parcial o totalmente el pelo de la cabeza, y nos devuelve a cambio una ridícula pelusa y unos hirsutos pelillos en la nariz y en las orejas a modo de antenas, que más bien parece una burla de la naturaleza que un premio a los años de lucha, pues incumplen toda norma de la más elemental estética  y realzan la fealdad.
     También cuando se llega a viejo, frente a la exultante e insultante flexibilidad y donaire de la juventud, el cuerpo va adoptando posturas de lo más extrañas y pintorescas para defenderse del dolor de achaques y enfermedades, lo que le va moldeando hasta hacer de su cuerpo un simulacro de lo que realmente fue.
     La vejez borra todo indicio de belleza y juventud, porque ese es el proceso natural de la vida. De otro modo, y tal como lo entienden algunas personas, estaríamos alterando el orden metafísico de la naturaleza, porque es igual de incongruente que una anciana se empeñe en dar apariencia de frescura y juventud, que una joven se encierre en sí misma y trate de demostrar, incluso por su aspecto, que ya es una anciana arrugada. A todas luces, es algo fuera de lugar, si no es que estamos en ambos casos ante una alteración mental.
     La vejez es también la respuesta al desgaste natural de lo físico a su paso por la tierra. Hasta las mismas piedras cambian de fisonomía con el paso del tiempo.
     La vejez nos llega a todos de una forma moderada, lenta y apacible para no ser cogidos por sorpresa: de no ser así, nadie asumiría la realidad y todos moriríamos antes de tiempo de indignación o de pena y no de viejos.
     Ser joven, como ser viejo, es una etapa normal de nuestra vida que debemos asumir, porque además de ser imposible alterar el orden de la vida, existe una diferencia fundamental. Y es que, mientras el joven asciende lentamente hasta llegar al ecuador de su vida, el viejo ya desciende a velocidad de vértigo a encontrarse con la muerte, de ahí que los años corran velozmente.
     ¿Pero cuando somos realmente viejos? Porque hay personas que pasando por encima de su niñez, adolescencia y juventud, su vida es un permanente proceso de envejecimiento; mientras que otras, por su condición y naturaleza, se mueren sin haber claudicado a las traiciones de la vejez. De todas formas, no confundamos vitalidad y buena madera con belleza física y flexibilidad, porque ambas cosas son patrimonio exclusivo de la juventud.
Cayetano Bretones



lunes, 7 de julio de 2014

Socios clandestinos



Las miserias de la política nos llevan a pensar con frecuencia que el hombre, cegado por la locura de sus intereses ideológicos y también materiales, puede llegar a cometer barbaridades  que  no caben en la mente de una persona razonablemente normal. Lo demuestra el siguiente hecho, oculto celosamente por la Historia.

“Parece una ficción de intriga internacional, pero es un hecho tan real como los proyectiles que las dos Españas se dispararon en la Guerra Civil. Se trata de un episodio que ha permanecido a oscuras hasta hoy: el régimen nazi alemán ayudó abiertamente a Franco, pero, por vías secretas, también suministró armas a la República.”
HyV



domingo, 4 de mayo de 2014

Ni tanto ni tan calvo



No sé si para bien o para trastorno de todos, es indudable que la sociedad está mutando en cuanto a las formas de entender ciertas conductas, porque si hacemos una proporción comparada, lo que antes podía ser una cortesía o un halago, muy bien se puede convertir hoy en el principio de una agresión moral o sexual.
Cuando viajaba sentado en uno de los vagones del metro de Valencia, en la estación de Colón, entre otros viajeros, subió al tren una señora de mediana edad y con aspecto agradable. Al coincidir con la hora punta, la aglomeración obligaba a la gente a permanecer de pie, y dicha señora vino a situarse frente a mí. Como siempre me ocurre en estos casos, enseguida se despertó en mí la percepción de que algo no estaba haciendo bien. Una impresión de orden moral me decía que estaba incurriendo en una incivil descortesía, y lo primero que se me ocurrió fue levantarme y ofrecerle el asiento. Entiendo que, con un gesto tan simple, sin renunciar a nada, sin comprometer mi honor, ni perjudicar a nadie, estoy contribuyendo con mi ejemplo a que la cordialidad se instale en la sociedad, que buena falta nos hace.
Una mirada despectiva de la esbelta señora fue el premio a mi gesto de cortesía, para añadir  en forma de pregunta la siguiente observación:
“-¿Acaso piensa usted que soy inválida?”
-De ninguna manera, señora –le contesté-, en todo caso perdone si el gesto de levantarme para que usted se siente le ha molestado.
“­-Estoy cansada de conductas machistas.” –me contestó.
Un ligero rubor inundó mi rostro y mi cerebro sufrió por un instante un cortocircuito que me privó de luz para formular la oportuna respuesta. Desde luego que la respuesta no llegó, pero sí sentí al instante la satisfacción del deber cumplido.
Cayetano Bretones





sábado, 19 de abril de 2014

Borrones de la democracia

     Desde que la democracia se liberó de las rejas de la dictadura y emprendió vuelo con vientos favorables de esperanza y libertad, todo el entramado político y social  adquirió una fisonomía diferente. También los hombres, especialmente los que venían siendo dueños absolutos de lo humano y lo divino, forzados por la situación, empezaron a pensar que la esclavitud, prolongada en el tiempo, suele desembocar en rebelión. Bien es cierto que el pasado había dejado una huella que urgía borrar en unos casos y rememorar en otros. Pero todos, absolutamente todos, durante ese período de transición, teníamos asumido que la sociedad en su conjunto iba a experimentar una profunda transformación. Es cierto que dicha transformación se dejó ver, pero no en la medida y plenitud que la Constitución nos prometió. Las reminiscencias de un próximo pasado con profundas raíces absolutistas, aún siguen paralizando la palanca  que  mueve el engranaje para dar el siguiente paso y avanzar hacia un estado pleno de derechos y libertades. 
 Cayetano Bretones

domingo, 23 de marzo de 2014

Puntadas al viento



 “Donde hay mentira no hay esperanza”.
“Con la mentira suele irse muy lejos, pero sin esperanza de volver”.
Son verdades inamovibles que definen perfectamente, en el aspecto político, la situación que vivimos actualmente en España.  
Desgraciadamente, por interés o por miedo, “los hay que bendicen antes la mentira de un infame que la verdad de un santo.”


Es cierto que siempre han existido filántropos que han dedicado su vida y su obra para intentar hacer un mundo más habitable para todos, lo que ha sido loado y enardecido por la gran mayoría de la sociedad.
Pero si con el paso del tiempo sus obras se posesionan en la sociedad con categoría de derechos, pronto aparecerá la astucia destructora de los mentirosos, acusándoles de practicar la argucia en beneficio propio, por lo que en adelante justificarán su rechazo y se encargarán de destruir su obra para cortar las alas a la justicia social.


 La liberación para muchas personas sigue siendo un sueño, una utopía más en la vida por lo que, en cierto modo, nunca dejaron de existir los esclavos. Esclavos premeditadamente necesarios para alimentar la codicia de los poderosos.  Pero no, los poderes financieros y políticos ya no están interesados en crear esclavos con cadenas y grilletes. Sus preferencias están cimentadas en la enfermiza obsesión de anular la personalidad de la clase trabajadora para conducirlos como a una manada de borregos, trabajando de sol a sol, pero sin derechos y, si es posible, sin cultura y sin capacidad para decidir.

Los recortes en la educación y el raquitismo de los salarios y pensiones, ha sido siempre en España una obsesión enfermiza de las políticas neoliberales.

La Iglesia ha venido luchando inmisericorde contra la asignatura de Educación para la Ciudadanía. Y cuando el PP ha conseguido mutilar la enseñanza, los obispos ya podrán dormir tranquilos para así poder “adoctrinan libremente el rebaño.”

Con la educación y la sanidad privadas, menos becas, menos profesores, menos ciencia, menos médicos y personal sanitario, menos salud y menos democracia. Al fin caminamos hacia una España de tarados psíquicos e indigentes culturales.

En un Estado democrático, es evidente que todos tenemos derecho a elegir las opciones políticas que supuestamente pueden colmar nuestras aspiraciones ideológicas. No obstante, suele suceder con generosa frecuencia que las ideologías de muchos ciudadanos van por un lado y sus necesidades económicas por otro, por lo que raramente sus aspiraciones se ven cumplidas. Se suele decir que cuando un  trabajador vota a la derecha, es como tirar piedras a su propio tejado. Pero no importa, “un tonto siempre encuentra a otro tonto que lo admira”.

“Discrepo de tu opinión, pero lucharé hasta la muerte para que tú te puedas expresar libremente.”
¿Pero realmente respetamos los derechos de los demás declinando  los nuestros?
Si hago esta reflexión, no es por otra razón que la de terminar de una vez con los discrepancias sociales que vienen impidiendo que la Historia se abra al conocimiento de todos. Nos guste a no nos guste, la verdadera Historia de los pueblos es para leerla y para aprender de ella. Otra cosa es que la mentira la tergiverse o la oculte en beneficio de intereses bastardos.
Cayetano Bretones


lunes, 3 de marzo de 2014

Confesión

     Cuando Tino despertó de un agitado sueño después de una noche de pesadilla, no le fue agradable mirar el reloj y comprobar que ya era la hora de levantarse: se sentía un poco cansado y necesitaba algo más de reposo para comenzar el día con renovado optimismo. No obstante, como estaba enamorado de su trabajo y lo hacía con verdadero apego, casi sentía la necesidad de esbozar una sonrisa. Pero cuál no fue su sorpresa cuando pudo comprobar que era domingo y no tenía que trabajar. Así pues, se volvió a meter en la cama, y sin poder evitarlo, se le pusieron en marcha todos los mecanismos de la mente.
      
     Lo primero que empezó por preguntarse fue lo siguiente:
-¿Si volvieras a nacer seguirías el mismo camino, o modificarías algunos aspectos de tu vida?
-En ningún caso seguiría el mismo camino, y trataría de vivir más intensamente cada día. Y en lo que a mi vida sentimental se refiere, lo borraría todo de un plumazo, cultivaría más el amor, y lo bebería sorbo a sorbo, como se bebe el buen vino, para embriagarme cada momento.


     -¿Has hecho algo en la vida de lo que te sientes arrepentido?
-Hay muchas, muchas cosas de las que me arrepiento, pero hay una en especial, que es la principal causa de no haber podido compartir mi vida con la mujer que guarda la clave de mi felicidad.


      Me arrepiento de haber malgastado mucho tiempo en divagaciones y frivolidades que no me aportaron en su día otro bien que la satisfacción del momento, a costa de descuidar otros valores y enseñanzas que la vida nos ofrece y que despreciamos cuando somos jóvenes, porque no tenemos un concepto definido de la realidad. También me arrepiento de haberme dejado llevar en determinados casos por el corazón y no por el cerebro. La vida me ha enseñado que hay que dejar espacio al sentido común antes de tomar una decisión. Y si la decisión es muy importante, siempre hay que decidir desde una perspectiva de neutralidad y nunca como resultado de una ofuscación, miedo o resentimiento.

     -¿Si tuvieras que hacer una valoración de tus logros personales sobre un baremo del 1 al 10, ¿qué puntuación te pondrías?
-Soy por naturaleza escéptico e insatisfecho y no termino de identificarme con la orientación moral de la sociedad moderna, en la que el becerro de oro se antepone a la dignidad, como si la vida fuera una juerga de poderes, para desgracia de todos. No obstante, en lo que se refiere a relaciones sociales y autoestima, me pondría un aprobado alto, el resto es la verdadera causa de mi frustración, con la agravante añadida que difícilmente podrá ser corregido,


     -¿Entonces se puede decir que tienes razones para dormir en paz?
-Puedo dormir en paz porque no estoy en deuda moral o material con nadie, pero duermo cada noche con un ojo abierto y otro cerrado para que la dignidad no se me escape, y por miedo a que pase mi añorado amor y no me percate de su presencia.

 Cabre

lunes, 24 de febrero de 2014

Homosexualidad


           
      Sin la menor duda, los homosexuales vienen sufriendo las humillaciones menos justificadas y que más debate despierta en buena parte de la sociedad. Dicha condición sexual, a través de los tiempos, es objetivo permanente de las personas y colectivos más reaccionarios, los que con un deseo constante de revalidar su condena, han empleado el odio como arma arrojadiza contra ellos. Es denigrante que en el siglo XXI, los homosexuales sigan viviendo aún con la inquietud del que oculta celosamente un estigma o un secreto inconfesable. Y para los familiares que lo viven con ellos, parece ser que todavía supone un holocausto sufrido en silencio, esperando la afrenta pública llegado el momento de desvelar el secreto o salir del armario. En este sentido, aflora la inevitable pregunta: ¿La homosexualidad altera de alguna forma el orden de la vida? ¿Encontramos algún responsable de dicha condición sexual? 
De ninguna manera podemos marginal y demonizar a nadie por una condición que es obra exclusiva de la naturaleza. Las clasificaciones o calificaciones las hacen los hombres, y nada de lo que hace el hombre es mera casualidad, sino causalidad.
Fundamentan su rechazo en la injustificada creencia de que la homosexualidad es un vicio pernicioso y depravado, o una fatal enfermedad de posible curación, como vienen predicando algunos obispos, sin más fundamento científico que su irracional creencia de que sólo ellos están en posesión de la verdad. También el cura leonés, Jesús Calvo, con el más absoluto desprecio a la verdad y a los hábitos que viste como doctor de la Iglesia Católica, ha dicho que el cáncer que padece Pedro Ceroso es un castigo divino por su condición de homosexual. Es increíble que esa insultante maldad la diga un señor que ha pasado su vida predicando la doctrina de Jesucristo.
Por estas y otras razones, contrariamente a lo que se suele decir, cuando jugamos a ser justos y tolerantes, en esta sociedad plagada de hipocresía, se deja ver con frecuencia la educación sesgada y torticera que hemos recibido al respecto con raíces ancestrales. Y siendo especialmente realistas, aunque no se manifieste públicamente, sólo una minoría de gente considera la homosexualidad una práctica sexual normal. Pero es que la homosexualidad no es una opción, sino una condición, lo mismo que podemos ser rubios, morenos, altos o bajos. Está demostrado que un niño o niña que, lógicamente, no entienden de sexo, y mucho menos de promiscuidad, criados y educados por lesbianas u homosexuales, pueden desarrollar perfectamente tendencias heterosexual.
 Es un derecho pedir cada cual lo que cree le pertenece, pero entiendo que siempre debemos hacerlo desde nuestra posición de personas como ciudadanos del mundo. Si queremos y buscamos una sociedad equitativa, moderna e igualitaria, no podemos ni debemos hacerlo en grupos separados, diferenciando a hombres de mujeres, homosexuales de heterosexuales, o negros de blancos. Es necesario trabajar por la democratización de la sociedad, representada en el Parlamento o en las instituciones públicas destinadas a defender los derechos de todos los ciudadanos por igual. Es hora de hablar de personas y sesos y no de sexos. Nuestro énfasis lo debemos poner, todos unidos, en presionar a los gobiernos de turno para que promulguen leyes sin diferenciarnos a unos de otros,  sin dejarse influenciar por presiones mediáticas de instituciones con poder social. Pues suele suceder que en muchas de estas instituciones, encontraremos precisamente a los que se rigen todavía por criterios retrógrados, homófonos y  totalitarios que no aceptan las reglas de una sociedad moderna y democrática.

Cabre