Cuando logré coronar la cresta de la montaña, cargando sobre las piernas un ejercicio poco habitual, un pensamiento instintivo me llevo a la siguiente reflexión:
Ahora entiendo por qué es tan difícil subir, escalar una cima, ascender hasta conseguir la meta, alcanzar la gloria, escalar la cúspide del poder, de la fama, llegar a lo más alto. Y es que, para alcanzar la gloria en cualquier faceta de la vida, no se puede hacer en escaleras mecánicas, ni ascensores, ni otros medios aeronáuticos. La gloria se alcanza a golpes de trabajo y fatiga, peldaño a peldaño, con sacrificio, con dedicación y entereza. Si no es así, corremos el riesgo de quedarnos a mitad de camino, o precipitarnos al vacío si no podemos mantener el equilibro cuando nos vemos arriba.
Bajar o descender, por el contrario, suele ser un ejercicio menor. Se puede bajar por inercia, se puede bajar volteando sin apenas esfuerzo, se puede bajar a las cloacas de la corrupción sin sacrificio y sin otros conocimientos que la osadía. Te puedes hundir en la miseria de los más nocivos vicios, y puedes caer en el pozo de la ruina económica o moral sin red para amortiguar la caída. Es evidente que bajar es mucho más fácil, tan fácil que puedes descender al abismo de la desesperación, con pena y sin gloria.
Un hombre subido en el entramado de hierro del andén de la estación de ferrocarril está a punto de arrojarse a la vía. Se lamenta de no tener trabajo y el desahucio de su vivienda por impago de la hipoteca le pone de patitas en la calle. Tampoco tiene recursos económicos para subsistir.
La gente que esperaba la salida del próximo tren, entre exclamaciones de asombro, piden a voces la presencia de la policía.
El tiempo pasa y los nervios se adueñan de la víctima, lo que crea una situación angustiosa. De un momento a otro se espera el desenlace fatal.
Por fin llegan los bomberos, y después de poner una red y tomar todas las medidas de precaución, lo rescatan sano y salvo.
Un murmullo general reina en el ambiente, a la vez que un gesto de alegría ilumina los rostros de todos los presentes, salvo el de un gigante barrigudo que, casi furibundo, se atreve a decir:
“Valiente cobarde, después de esperar una hora resulta que no de tira”.
No es un cuento, es real como la vida misma.
Sin ánimo de inclinar la balanza en beneficio de los ideales o creencias, y sí en defensa de la verdad, he llegado al convencimiento de que no todos los progresos en democracia van encaminados a beneficiar al indigente o necesitado. El derecho a estar bien informados por los medios de comunicación, unas veces con verdad y otras veces infectados de mentira, está menoscabando en la sociedad el sentido de la solidaridad y el generoso deseo de ayudar a los más necesitados. Mientras que la TV y la prensa escrita y hablada ponen su acento en ciertas noticias para lucro empresarial o personal, están creando también todos los ingredientes que son necesarios para que la sociedad ponga sus ojos y su mente en los marginados, olvidando así al golfo de guante blanco y levita.
Cuando uno pasea por la calle y te sale al paso una persona que te tiende la mano en demanda de ayuda, lo primero que se nos viene a la cabeza es que estamos ante un drogadicto, un vago que no quiere trabajar, o un perdido que sólo pide para satisfacer sus vicios o caprichos. Todo menos pensar que puede ser un padre de familia o un segregado de la sociedad que no encuentra salida a su angustiosa situación económica. El dilema que se nos plantea consiste en saber si estamos ante un golfo o una persona honesta que está en apuros económicos. Y es aquí donde aparece la conciencia con su carga de satisfacciones o reproches, cuando no actuamos con arreglo a los principios aprendidos. Pero aún me queda una pregunta por hacer: ¿De verdad existe la conciencia? Porque lo que para unos es motivo de arrepentimiento y pesar, suele proporcionar a otros la satisfacción del deber cumplido.