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domingo, 9 de noviembre de 2008

CON EL CULO AL AIRE

Pese a todos los logros y avances de la ciencia en todos los campos, que a veces roza la categoría de milagro, y pese a la modernidad y sofisticación de todos los medios de comunicación en general, lo cual marca la pauta del desarrollo y progreso de los pueblos, se observa que hay un desfase o contradicción entre lo que hemos progresado en éste sentido y el déficit creciente del poder adquisitivo de las clases sociales más desfavorecidas. Por tanto, no se puede decir que vivir hoy sea para mucha gente más fácil que lo era para sus progenitores. El concepto de justicia social se ha quedado anclado con mentalidad del pasado, por lo que las formas de gobernar y el sistema en general necesita de una catarsis para revisar los códigos y las reglas que han terminado por imponer el poder económico y las políticas de derechas. Y son ellos, junto a los políticos de turno y una minoría de afortunados con sueldos millonarios, los que han contagiado a la sociedad la sensación de prosperidad (prosperidad efímera y caduca), lo cual es una más de las mentiras que nos venden cada día. Es cierto que las distancias entre las clases sociales se han acortado, especialmente en lo que se refiere al trato humano. Pero también es cierto que el que tiene dinero sobrevive a cualquier crisis, y el que no lo tiene, sigue siendo igualmente pobre y se muere de asco, como sucede en la situación actual. Por otro lado, el hecho de que la oferta del mercado sea más prolífica y tentadora, y que los bancos nos vengan refregando sus pingües beneficios, no contribuye precisamente a que la vida se mire con más esperanza y optimismo, sino que acrecienta el efecto de frustración, ya que provoca que las clases bajas se sientas aún más pobres y marginadas.
De todas formas, una cosa es evidente y es que, las crisis económicas han sido siempre el caldo de cultivo de las que salen nuevos ricos, o se enriquecen más los que ya lo son, a costa de empobrecer a los que menos tienen.

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