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jueves, 17 de diciembre de 2009

EL MERCADILLO DE LA VIDA

En la vida no hay casi nada que no esté sometido a la disciplina de la negociación, del mercadeo, del cambalache, del convenio, del trapicheo, del intercambio; del si me das, te doy. Si no me das, debes esperar turno hasta madurar la idea de que debes claudicar. Y si digo casi es porque sólo se salva el amor que va dirigido de padres a hijos: es tan alto en sus miras y tan largo en su generosidad, que no da lugar a dudas. El amor que va dirigido de hijos a padres, con frecuencia, también debe ser negociado.
Sin la negociación caminamos en la duda permanente, hasta tanto no sabemos el precio a pagar por cada acción, por cada movimiento que hacemos. En la vida todo tiene un precio, todo tiene un valor tasado previamente, y que debes asumir si no quieres perder el tren del progreso. Es el impuesto que tenemos que pagar por exponer el tenderete en del mercadillo de la vida.
Tampoco te estrujes los sesos pensando por qué ésa vuelta de chaqueta de aquél o aquella que cogiste como modelo a la hora de tomar una decisión. Por qué ése saludo frío y distante. Por qué ése comentario, ésa agresión hiriente e infame que lesiona tu dignidad. Nunca lo sabrás. Y si alguna vez lo sabes, comprenderás que la mentira se adorna siempre con harapos de miseria y con flecos de crueldad.
Nadie vive ignorado en el mercado de la vida, salvo cuando te conviertes en un paria y un mal ejemplo para la sociedad, y ya nadie te echará en falta cuando dejes este miserable mundo. Todos tenemos enfrente un enemigo, un adversario, un fiscalizador que nos controla y vigila. Todos llevamos en nuestra espalda un código de barras que nos persigue como una sombra adonde quiera que vamos. Todos somos esclavos de un por qué, de un testigo presencial o virtual que no se deja sobornar. Todos somos de alguna manera arquetipos o detractores de alguien y nadie pasa desapercibido por el camino de la vida sin que sus huellas sean olfateadas, aunque sólo sea por un perro. En definitiva, no existe la libertad.

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