Pasamos por una etapa en que la esbeltez y belleza física, especialmente
en las mujeres jóvenes, se ha convertido poco menos que en una enfermiza
obsesión: es lo que se lleva hoy y lo que da realce, porque delgadez es
sinónima de armonía y perfección. No importa cultivar otros valores si el
físico no responde a las exigencias del momento.
Es un esfuerzo baldío -dicen muchas
mujeres-, teniendo en cuenta que para aspirar hoy a cualquier cargo u ocupación
profesional, la presencia física determina en buena medida las posibilidades
que existen de alcanzarlo o no.
Los medios de comunicación
en general, diseñadores de moda y otros intereses que giran alrededor de este
mundillo, han establecido las bases y diferencias en los derechos y en el trato
de forma descarada a la mujer que entendemos por normal. Esta situación ha
venido creando en la joven ambiciosa e inmadura una psicosis de calamitosa
imperfección que viene degenerando en patologías mentales muchas veces
incurables. Pero si seguimos indagando en esta dirección, nos encontramos con
que esa fiebre patológica también alcanza a muchas mujeres ya ancianas que de
jóvenes fueron verdaderamente hermosas y hoy, a sus setenta años o más, siguen
creyendo que todavía disfrutan de una belleza radiante. Sería más correcto decir belleza mustia, ya
que no puede ser bella una rosa cuando se ha marchitado. La belleza física en
el ser humano, como las flores, sólo se manifiesta en su juventud. Todo lo
demás es un intento de reivindicar a la naturaleza unos dones que ya no nos
pertenecen.
Como decía García Lorca de la vida, la
vejez no es ni buena, ni santa, ni sagrada. Es, eso sí, la antesala de la
muerte. Y como si ya no tuviéramos derecho a nada, la vejez nos va despojando
poco a poco de cualquier indicio que tenga que ver con la belleza y la
frescura, adiestrando así nuestra mente para admitir finalmente, si no es que
morimos antes, que hemos de terminar siendo un castillo de huesos o un montón
de grasa que se mueve por inercia.
Sin tener en cuenta otros problemas psicosomáticos, que por lo general suelen ser abundantes, la vejez por sí sola
ya es deprimente. Un octogenario no tiene más que mirarse al espejo para
observar, si hay alguna duda, que no es otra cosa que la prolongación de la
vida en su fase de degeneración, y todos los signos físicos le recuerdan cada
día que su vida se extingue por agotamiento.
Es también evidente que la vejez, en su
matemático proceso, sólo termina usando la resta, y cuando usa la suma lo hace
en negativo. Es decir, va restando facultades físicas y psicológicas, para
sumar a cambio achaques, resultando al final un balance que determina a las
claras que se camina hacia los números rojos o saldo negativo.
Especialmente los hombres, lo primero que
empezamos observando cuando llegamos a viejos o hemos dejado de ser jóvenes es,
la respuesta negativa de la naturaleza a ciertos comportamientos que sólo eran
un juego en la juventud. Nos quita parcial o totalmente el pelo de la cabeza, y
nos devuelve a cambio una ridícula pelusa y unos hirsutos pelillos en la nariz
y en las orejas a modo de antenas, que más bien parece una burla de la naturaleza
que un premio a los años de lucha, pues incumplen toda norma de la más
elemental estética y realzan la fealdad.
También cuando se llega a viejo, frente a
la exultante e insultante flexibilidad y donaire de la juventud, el cuerpo va
adoptando posturas de lo más extrañas y pintorescas para defenderse del dolor
de achaques y enfermedades, lo que le va moldeando hasta hacer de su cuerpo un
simulacro de lo que realmente fue.
La vejez borra todo indicio de belleza y
juventud, porque ese es el proceso natural de la vida. De otro modo, y tal como
lo entienden algunas personas, estaríamos alterando el orden metafísico de la
naturaleza, porque es igual de incongruente que una anciana se empeñe en dar
apariencia de frescura y juventud, que una joven se encierre en sí misma y
trate de demostrar, incluso por su aspecto, que ya es una anciana arrugada. A
todas luces, es algo fuera de lugar, si no es que estamos en ambos casos ante
una alteración mental.
La vejez es también la respuesta al desgaste
natural de lo físico a su paso por la tierra. Hasta las mismas piedras cambian
de fisonomía con el paso del tiempo.
La vejez nos llega a todos de una forma
moderada, lenta y apacible para no ser cogidos por sorpresa: de no ser así,
nadie asumiría la realidad y todos moriríamos antes de tiempo de indignación o
de pena y no de viejos.
Ser joven, como ser viejo, es una etapa
normal de nuestra vida que debemos asumir, porque además de ser imposible
alterar el orden de la vida, existe una diferencia fundamental. Y es que,
mientras el joven asciende lentamente hasta llegar al ecuador de su vida, el
viejo ya desciende a velocidad de vértigo a encontrarse con la muerte, de ahí
que los años corran velozmente.
¿Pero cuando somos realmente viejos?
Porque hay personas que pasando por encima de su niñez, adolescencia y
juventud, su vida es un permanente proceso de envejecimiento; mientras que
otras, por su condición y naturaleza, se mueren sin haber claudicado a las
traiciones de la vejez. De todas formas, no confundamos vitalidad y buena
madera con belleza física y flexibilidad, porque ambas cosas son patrimonio
exclusivo de la juventud.
Cayetano
Bretones

