Porque la vida no sea una carrera de insultos y una pugna de poderes, hagamos votos para que se produzca el milagro y las tinieblas
se diluyan en muchas mentes oscurecidas por intereses bastardos.
Porque la mentira no gane nunca la batalla a la verdad.
Porque los derechos humanos no se vean pisoteados por intereses de mercado y por oportunistas sin escrúpulos.
Porque los corruptos y los bribones no pasen de puntillas ante los ojos de la justicia.
Porque la dignidad no se compre y se venda al mejor postor como una mercancía.
Porque la emancipación del hombre sea por fin un derecho de todos, hágase la luz en la conciencia de los intolerantes.
Porque el ejercicio de la paz, del derecho y la libertad, no sea nunca motivo de ajuste de cuentas.
Porque las cavernas del dinero y el poder económico asuman de buena fe que el trabajador tiene derecho a reivindicar su dignidad.
Porque los dirigentes políticos no se empeñen en hacer tormenta de la bonanza y bonanza de la tempestad.
Porque todos estamos nivelados por la muerte, hagamos del bien y la tolerancia un acto de fe y esperanza.
Porque es vacuo e hipócrita predicar para la galería, eduquemos con el ejemplo para la paz y la vida.
Porque no se haga de los poderosos una especie protegida.
Porque salga el sol para los que están condenados a vivir en la oscuridad con un horizonte sin futuro.
Porque desaparezcan las inicuas discrepancias que adulteran la naturaleza y el ser como tal.
Porque los mares de impudicia se hacen irrespirables en todo el mundo, purifiquemos las aguas para que el ser humano no perezca contaminado.
Porque los niños no sean pacto de la codicia de los explotadores, respétense sus derechos para hacer de ellos hombres respetuosos y tolerantes.
POR UN MUNDO MEJOR PARA TODOS
La democracia, vista desde la dictadura, es un sueño, casi divino, que te transporta al paraíso. Pero cuando despiertas te das cuenta de que los sueños, sueños son. Cayetano Bretones
viernes, 19 de diciembre de 2008
jueves, 11 de diciembre de 2008
MERCADERES DE LA MENTIRA
Mientras paseaba por una calle periférica de la capital, me llamó la atención un pequeño rótulo perdido entre una veintena de anuncios pegados en el cristal de la puerta de un establecimiento, en el que decía:
“Se hacen limpiezas espirituales de negocios y personas”.
Aunque seguí caminando, la curiosidad no satisfecha me retuvo y me hizo regresar para estar seguro de lo que había leído; pues me suele ocurrir que mis pies no obedecen hasta tanto no resuelvo mis dudas. Sinceramente, no terminaba de entender aquello de limpieza espiritual, y mucho menos de negocios. Al fin, una vez estuve frente a la puerta y releí el rótulo deletreando su mensaje, sólo para satisfacer mi curiosidad, me decidí a entrar.
Me recibió una señora de aspecto exótico, con el pelo recogido en la coronilla en forma de escoba, simulando a una cacatúa, y mi primera impresión fue la de estar ante una embaucadora, convencida de que estaba prestando un eficiente servicio a la sociedad.
-Por favor –le pregunté-, ¿me podría decir usted a qué se refiere eso de limpiar el espíritu de un negocio? Porque si ya es difícil limpiar el espíritu a las personas, el espíritu de un negocio....., es que no lo entiendo.
-Pues verá... –me respondió arrastrando las palabras, un tanto dubitativa pensando, tal vez, en la doble intención de mi pregunta.
-No repare en nada, señora –le dije-, más bien le pregunto porque soy comerciante y todo lo que se mueve alrededor de éste mundillo, me interesa.
-Bien, pase, pase -me invitó a entrar mientras me indicaba con la mano la puerta de su despacho.
Una vez sentados, frente a frente, comenzó a desgranar el secreto que, bajo su mágica dirección, conseguía limpiar a cualquiera de sus remordimientos e influencias negativas.
-Hasta aquí todo perfecto, señora –la interrumpí-, pero la incógnita sigue abierta y no veo que usted me indique el camino para llegar a la verdad. Insisto: quiero saber cómo se limpia el espíritu de un negocio.
-Muy fácil, señor -me contestó ésta vez convencida de que sacaría tajada-, si usted tiene problemas personales, adopta prácticas ilegales, maneja dinero negro o defrauda al fisco, esa inquietud que le atormenta se traduce en la negación del éxito o del buen funcionamiento de su empresa, para lo que nosotros le sometemos a unos cursos de contenido psicológico que le mantendrá ausente de problemas, cuando aprenda a disociar lo personal de lo meramente comercial.
-Eso puede ser cierto, señora –le dije-, pero, lo que realmente cuenta es estar en paz con la sociedad y con la justicia.
-Por supuesto que sí –me contestó-, pero en la vida, como usted sabe muy bien, lo que verdaderamente nos hace sentir felices es cuando estamos en paz con nuestra conciencia.
Un reflejo de pudor y moderación me impidió que gritara al oír semejante barrabasada, por lo que, evitando cualquier asomo de menosprecio, le contesté:
-Gracias, señora, ahora lo entiendo. Y adelantando la mano buscando la suya para despedirla, una sacudida me llevó a pensar, una vez más, que el mundo está plagado de pícaros y bribones que viven al socaire de los ignorantes.
“Se hacen limpiezas espirituales de negocios y personas”.
Aunque seguí caminando, la curiosidad no satisfecha me retuvo y me hizo regresar para estar seguro de lo que había leído; pues me suele ocurrir que mis pies no obedecen hasta tanto no resuelvo mis dudas. Sinceramente, no terminaba de entender aquello de limpieza espiritual, y mucho menos de negocios. Al fin, una vez estuve frente a la puerta y releí el rótulo deletreando su mensaje, sólo para satisfacer mi curiosidad, me decidí a entrar.
Me recibió una señora de aspecto exótico, con el pelo recogido en la coronilla en forma de escoba, simulando a una cacatúa, y mi primera impresión fue la de estar ante una embaucadora, convencida de que estaba prestando un eficiente servicio a la sociedad.
-Por favor –le pregunté-, ¿me podría decir usted a qué se refiere eso de limpiar el espíritu de un negocio? Porque si ya es difícil limpiar el espíritu a las personas, el espíritu de un negocio....., es que no lo entiendo.
-Pues verá... –me respondió arrastrando las palabras, un tanto dubitativa pensando, tal vez, en la doble intención de mi pregunta.
-No repare en nada, señora –le dije-, más bien le pregunto porque soy comerciante y todo lo que se mueve alrededor de éste mundillo, me interesa.
-Bien, pase, pase -me invitó a entrar mientras me indicaba con la mano la puerta de su despacho.
Una vez sentados, frente a frente, comenzó a desgranar el secreto que, bajo su mágica dirección, conseguía limpiar a cualquiera de sus remordimientos e influencias negativas.
-Hasta aquí todo perfecto, señora –la interrumpí-, pero la incógnita sigue abierta y no veo que usted me indique el camino para llegar a la verdad. Insisto: quiero saber cómo se limpia el espíritu de un negocio.
-Muy fácil, señor -me contestó ésta vez convencida de que sacaría tajada-, si usted tiene problemas personales, adopta prácticas ilegales, maneja dinero negro o defrauda al fisco, esa inquietud que le atormenta se traduce en la negación del éxito o del buen funcionamiento de su empresa, para lo que nosotros le sometemos a unos cursos de contenido psicológico que le mantendrá ausente de problemas, cuando aprenda a disociar lo personal de lo meramente comercial.
-Eso puede ser cierto, señora –le dije-, pero, lo que realmente cuenta es estar en paz con la sociedad y con la justicia.
-Por supuesto que sí –me contestó-, pero en la vida, como usted sabe muy bien, lo que verdaderamente nos hace sentir felices es cuando estamos en paz con nuestra conciencia.
Un reflejo de pudor y moderación me impidió que gritara al oír semejante barrabasada, por lo que, evitando cualquier asomo de menosprecio, le contesté:
-Gracias, señora, ahora lo entiendo. Y adelantando la mano buscando la suya para despedirla, una sacudida me llevó a pensar, una vez más, que el mundo está plagado de pícaros y bribones que viven al socaire de los ignorantes.
lunes, 8 de diciembre de 2008
VIOLENCIA DE GÉNERO
El problema de la violencia de género no es un problema nuevo: sería más acertado decir que se han descorrido las cortinas de la hipocresía y todo el mundo lo ve.
La mujer, ejerciendo su derecho a la libertad, con toda justicia, ya no se resigna por más tiempo a renunciar a su autonomía, a la vez que se defiende de los que han venido haciendo de la androcracia una institución. Es por eso que se encuentra con el muro de las reminiscencias de un pasado machista, de lo que deberían tomar buena nota las altas instancias del Estado y otros poderes fácticos para sentar las bases y atajar el problema desde la raíz.
La educación que han recibido casi todos los hombres, desde pequeños, no ha sido otra que hacer de su madre y hermanas servidoras incondicionales, de lo que ellas, en buena medida, indirecta e inocentemente, han tenido también su parte de responsabilidad. No debemos olvidar que a un hombre metido en faenas domésticas se le atribuían todo tipo de sospechosas especulaciones, pero raramente se le tenía por un hombre normal. De ahí que el hombre (sálvese el que pueda), haya venido desarrollando la creencia de su superioridad, frente a la inferioridad resignada y asumida por la propia mujer. Y no precisamente por su inferioridad física o intelectual, sino porque el código ético imperante se lo impedía, pues salirse de esos parámetros era duramente censurado por la sociedad, inclusive por las propias mujeres.
Por estas y otras razones, pese al avance de las libertades en democracia, muchos hombres e instituciones, especialmente educados con principios espurios y conservadores, no acaban de entender que una mujer pueda tener derecho a terminar con una relación conyugar o con un lazo sentimental por propia iniciativa, sin antes obtener el beneplácito de su marido o amante. Si la mujer se siente libre y se decide a dar el paso definitivo de la ruptura, por causas diferentes, suele ser interpretado como un quebrantamiento de las normas inviolables y suficiente razón para intentar someterla.
Por otro lado, cuando la forma de ser y la personalidad de un ser humano ha echado ya raíces profundas, raramente cambia, por muchos intentos y nuevas oportunidades que se le brinden. Lo estamos viendo cada día, cuando observamos que prefieren a su mujer muerta, y asumen su responsabilidad, antes que verla en los brazos de otro o perderla para siempre, en la que sólo ven un objeto para su propia complacencia. Así pues, por ser un problema arrastrado de cientos de años, no podemos hacer cambiar de la noche a la mañana una mentalidad andrólatra y, a veces, cafre, sin antes hacer campañas pedagógicas en los medios de difusión. Por la misma razón, también sería bueno que se impartiera en los colegios, desde primaria, una asignatura específicamente destinada a educar y orientar a niñas y niños en esta dirección.
viernes, 5 de diciembre de 2008
LA LEY DE MURPHI
Como cada día, después de terminar mi jornada laboral, con movimientos casi de autómata, nada más entré en el portal de casa ya tenía la llave en la mano orientada hacia el buzón para coger el correo. En esta ocasión encontré, entre otras cartas comerciales y folletos de propaganda, un sobre sin remite, escrito a mano con la dirección a mi nombre que me llamó la atención. Lo abrí con especial cuidado, encontrando en su interior la fotocopia de una cuartilla manuscrita que venía a decir en síntesis lo siguiente:
"De este escrito" (el cual no era otra cosa que un discurso encomiástico entresacado de un libro religioso, cuya naturaleza desconocía), "por haber sido tú el elegido, deberás hacer veinte copias y repartirlas a otras tantas personas; pues de no hacerlo, caerán sobre ti y tu familia sucesivas desgracias, de igual modo que les ha ocurrido a otras personas que hicieron caso omiso a este mandato". A continuación enumeraba una larga lista de implicados, nada conocidos, que habían caído en desgracia.
Aunque leí el escrito de principio a fin, no me dejé impresionar por el supersticioso mensaje, y sin reparar un instante en otras reflexiones lo hice añicos y lo tiré a la papelera. Pero mentiría si digo que el escrito no me dejó en el subconsciente un pasajero resabio que no me abandonaría durante algunos días, haciendo su aparición en mi memoria, contra mi voluntad y cuando menos lo esperaba. A partir de entonces, sin poder evitarlo, cualquier acontecimiento con mayor o menor trascendencia que viniera a perturbar mi felicidad personal o familiar, lo asociaba inmediatamente al mencionado mensaje de una forma absurda e irracional. Advertía que iba tomando cuerpo una conducta premonitoria como castigo a mi desobediencia y desprecio al romper la cadena multiplicadora del mensaje. De noche cuando me acostaba, especialmente los primeros días, un injustificado remordimiento y temor se recreaban en mi interior enseñoreándose de mi voluntad y haciendo de mí un auténtico pelele. Y de haber sido posible recomponer el mensaje, para mi mayor tranquilidad, con toda seguridad hubiera cumplido a rajatabla lo que en él se me pedía. Como una sentencia inapelable, aquella carta se había grabado en mi conciencia de formal tal, que mis decisiones y actitudes tenían que ser tomadas dejando siempre un margen de tolerancia a la fatalidad.
Es cierto que después del impacto psicológico que aquella carta me produjo, o por lo menos facilité el camino influido por otras circunstancias, condicionó en cierto modo mi posterior comportamiento, por lo que me hice más impresionable y observador; inclusive llegué a pensar que nadie ni nada me libraría de una inminente desgracia y, a partir de ese convencimiento, empecé a labrar mi propio fracaso: sin proponérmelo, cada día aportaba mi granito de arena como quien labra su propio porvenir. Sabía también, y estaba convencido de ello, que no era precisamente la carta el anuncio premonitorio de mi desdicha, sino el argumento donde poder agarrarme para dar sentido a mi sospecha y no pensar que me estaba volviendo loco. Y lo sabía, además, porque siempre me había reído de estas maniobras engañosas que componen este mundillo de asociaciones contemplativas y de creencias extraterrenas para beneficiarse del miedo al más allá.
No podría decir si aquella carta fue la causa del efecto o, más bien, fue el efecto psicológico el que motivó la causa, lo cierto es que, por aquellos días, un accidente me incapacita para mi normal actividad y, como consecuencia del mismo, observo que mi relación sentimental se tambalea como una torre de papel a punto de derrumbarse.
Según consta en la Ley de Murphi, "cuando presagiamos la proximidad de una desgracia como algo inevitable, aunque no encontremos una razón aparente, existe un gran riesgo de que ésta se produzca”, con independencia del peligro real que en aquel momento gire a nuestro alrededor.
"De este escrito" (el cual no era otra cosa que un discurso encomiástico entresacado de un libro religioso, cuya naturaleza desconocía), "por haber sido tú el elegido, deberás hacer veinte copias y repartirlas a otras tantas personas; pues de no hacerlo, caerán sobre ti y tu familia sucesivas desgracias, de igual modo que les ha ocurrido a otras personas que hicieron caso omiso a este mandato". A continuación enumeraba una larga lista de implicados, nada conocidos, que habían caído en desgracia.
Aunque leí el escrito de principio a fin, no me dejé impresionar por el supersticioso mensaje, y sin reparar un instante en otras reflexiones lo hice añicos y lo tiré a la papelera. Pero mentiría si digo que el escrito no me dejó en el subconsciente un pasajero resabio que no me abandonaría durante algunos días, haciendo su aparición en mi memoria, contra mi voluntad y cuando menos lo esperaba. A partir de entonces, sin poder evitarlo, cualquier acontecimiento con mayor o menor trascendencia que viniera a perturbar mi felicidad personal o familiar, lo asociaba inmediatamente al mencionado mensaje de una forma absurda e irracional. Advertía que iba tomando cuerpo una conducta premonitoria como castigo a mi desobediencia y desprecio al romper la cadena multiplicadora del mensaje. De noche cuando me acostaba, especialmente los primeros días, un injustificado remordimiento y temor se recreaban en mi interior enseñoreándose de mi voluntad y haciendo de mí un auténtico pelele. Y de haber sido posible recomponer el mensaje, para mi mayor tranquilidad, con toda seguridad hubiera cumplido a rajatabla lo que en él se me pedía. Como una sentencia inapelable, aquella carta se había grabado en mi conciencia de formal tal, que mis decisiones y actitudes tenían que ser tomadas dejando siempre un margen de tolerancia a la fatalidad.
Es cierto que después del impacto psicológico que aquella carta me produjo, o por lo menos facilité el camino influido por otras circunstancias, condicionó en cierto modo mi posterior comportamiento, por lo que me hice más impresionable y observador; inclusive llegué a pensar que nadie ni nada me libraría de una inminente desgracia y, a partir de ese convencimiento, empecé a labrar mi propio fracaso: sin proponérmelo, cada día aportaba mi granito de arena como quien labra su propio porvenir. Sabía también, y estaba convencido de ello, que no era precisamente la carta el anuncio premonitorio de mi desdicha, sino el argumento donde poder agarrarme para dar sentido a mi sospecha y no pensar que me estaba volviendo loco. Y lo sabía, además, porque siempre me había reído de estas maniobras engañosas que componen este mundillo de asociaciones contemplativas y de creencias extraterrenas para beneficiarse del miedo al más allá.
No podría decir si aquella carta fue la causa del efecto o, más bien, fue el efecto psicológico el que motivó la causa, lo cierto es que, por aquellos días, un accidente me incapacita para mi normal actividad y, como consecuencia del mismo, observo que mi relación sentimental se tambalea como una torre de papel a punto de derrumbarse.
Según consta en la Ley de Murphi, "cuando presagiamos la proximidad de una desgracia como algo inevitable, aunque no encontremos una razón aparente, existe un gran riesgo de que ésta se produzca”, con independencia del peligro real que en aquel momento gire a nuestro alrededor.
miércoles, 3 de diciembre de 2008
NI TANTO NI TAN...........
No sé si para bien o para trastorno de todos, es indudable que la sociedad está mutando en cuanto a las formas de entender ciertas conductas, porque si hacemos una proporción comparada, lo que antes podía ser una cortesía o un halago, muy bien se puede convertir hoy en el principio de una agresión moral.
Cuando viajaba sentado en uno de los vagones del metro de Madrid, en la estación de Atocha, entre otros viajeros, subió al tren una señora verdaderamente hermosa. Al coincidir con la hora punta, la aglomeración obligaba a la gente a permanecer de pie, y dicha señora vino a situarse frente a mí, de forma que tuve ocasión de recrearme en el monumento que la casualidad había puesto frente a mis ojos. Y como siempre me ocurre en estos casos, enseguida se despertó en mí la absurda percepción de que algo no estaba haciendo bien: una impresión de orden moral me decía que estaba incurriendo en una incivil descortesía, y lo primero que se me ocurrió fue, levantarme y ofrecerle el asiento. Entiendo que, con un gesto tan simple, sin renunciar a nada, sin comprometer mi honor, ni perjudicar a nadie, estoy contribuyendo con mi ejemplo a que la cordialidad se instale en la sociedad, que buena falta le hace.
Una mirada despectiva de la esbelta señora fue el premio a mi gesto de cortesía, para añadir en forma de pregunta la siguiente observación:
-“¿Acaso piensa usted que estoy inválida?”
-De ninguna manera, señora –le contesté-, en todo caso perdone si el gesto de levantarme para que usted se siente le ha molestado.
-“Pues sí que me molesta – replicó con desprecio-: estoy harta de conductas machistas.”
Un ligero rubor inundó mi rostro y mi cerebro sufrió por un instante un cortocircuito que me privó de luz para formular la oportuna respuesta. Desde luego que la respuesta no llegó, pero sí sentí al instante la satisfacción del deber cumplido.
Cuando viajaba sentado en uno de los vagones del metro de Madrid, en la estación de Atocha, entre otros viajeros, subió al tren una señora verdaderamente hermosa. Al coincidir con la hora punta, la aglomeración obligaba a la gente a permanecer de pie, y dicha señora vino a situarse frente a mí, de forma que tuve ocasión de recrearme en el monumento que la casualidad había puesto frente a mis ojos. Y como siempre me ocurre en estos casos, enseguida se despertó en mí la absurda percepción de que algo no estaba haciendo bien: una impresión de orden moral me decía que estaba incurriendo en una incivil descortesía, y lo primero que se me ocurrió fue, levantarme y ofrecerle el asiento. Entiendo que, con un gesto tan simple, sin renunciar a nada, sin comprometer mi honor, ni perjudicar a nadie, estoy contribuyendo con mi ejemplo a que la cordialidad se instale en la sociedad, que buena falta le hace.
Una mirada despectiva de la esbelta señora fue el premio a mi gesto de cortesía, para añadir en forma de pregunta la siguiente observación:
-“¿Acaso piensa usted que estoy inválida?”
-De ninguna manera, señora –le contesté-, en todo caso perdone si el gesto de levantarme para que usted se siente le ha molestado.
-“Pues sí que me molesta – replicó con desprecio-: estoy harta de conductas machistas.”
Un ligero rubor inundó mi rostro y mi cerebro sufrió por un instante un cortocircuito que me privó de luz para formular la oportuna respuesta. Desde luego que la respuesta no llegó, pero sí sentí al instante la satisfacción del deber cumplido.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
