No sé si para bien o para trastorno de todos, es indudable que la sociedad está mutando en cuanto a las formas de entender ciertas conductas, porque si hacemos una proporción comparada, lo que antes podía ser una cortesía o un halago, muy bien se puede convertir hoy en el principio de una agresión moral.
Cuando viajaba sentado en uno de los vagones del metro de Madrid, en la estación de Atocha, entre otros viajeros, subió al tren una señora verdaderamente hermosa. Al coincidir con la hora punta, la aglomeración obligaba a la gente a permanecer de pie, y dicha señora vino a situarse frente a mí, de forma que tuve ocasión de recrearme en el monumento que la casualidad había puesto frente a mis ojos. Y como siempre me ocurre en estos casos, enseguida se despertó en mí la absurda percepción de que algo no estaba haciendo bien: una impresión de orden moral me decía que estaba incurriendo en una incivil descortesía, y lo primero que se me ocurrió fue, levantarme y ofrecerle el asiento. Entiendo que, con un gesto tan simple, sin renunciar a nada, sin comprometer mi honor, ni perjudicar a nadie, estoy contribuyendo con mi ejemplo a que la cordialidad se instale en la sociedad, que buena falta le hace.
Una mirada despectiva de la esbelta señora fue el premio a mi gesto de cortesía, para añadir en forma de pregunta la siguiente observación:
-“¿Acaso piensa usted que estoy inválida?”
-De ninguna manera, señora –le contesté-, en todo caso perdone si el gesto de levantarme para que usted se siente le ha molestado.
-“Pues sí que me molesta – replicó con desprecio-: estoy harta de conductas machistas.”
Un ligero rubor inundó mi rostro y mi cerebro sufrió por un instante un cortocircuito que me privó de luz para formular la oportuna respuesta. Desde luego que la respuesta no llegó, pero sí sentí al instante la satisfacción del deber cumplido.

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