Powered By Blogger

viernes, 5 de diciembre de 2008

LA LEY DE MURPHI

Como cada día, después de terminar mi jornada laboral, con movimientos casi de autómata, nada más entré en el portal de casa ya tenía la llave en la mano orientada hacia el buzón para coger el correo. En esta ocasión encontré, entre otras cartas comerciales y folletos de propaganda, un sobre sin remite, escrito a mano con la dirección a mi nombre que me llamó la atención. Lo abrí con especial cuidado, encontrando en su interior la fotocopia de una cuartilla manuscrita que venía a decir en síntesis lo siguiente:

"De este escrito" (el cual no era otra cosa que un discurso encomiástico entresacado de un libro religioso, cuya naturaleza desconocía), "por haber sido tú el elegido, deberás hacer veinte copias y repartirlas a otras tantas personas; pues de no hacerlo, caerán sobre ti y tu familia sucesivas desgracias, de igual modo que les ha ocurrido a otras personas que hicieron caso omiso a este mandato". A continuación enumeraba una larga lista de implicados, nada conocidos, que habían caído en desgracia.

Aunque leí el escrito de principio a fin, no me dejé impresionar por el supersticioso mensaje, y sin reparar un instante en otras reflexiones lo hice añicos y lo tiré a la papelera. Pero mentiría si digo que el escrito no me dejó en el subconsciente un pasajero resabio que no me abandonaría durante algunos días, haciendo su aparición en mi memoria, contra mi voluntad y cuando menos lo esperaba. A partir de entonces, sin poder evitarlo, cualquier acontecimiento con mayor o menor trascendencia que viniera a perturbar mi felicidad personal o familiar, lo asociaba inmediatamente al mencionado mensaje de una forma absurda e irracional. Advertía que iba tomando cuerpo una conducta premonitoria como castigo a mi desobediencia y desprecio al romper la cadena multiplicadora del mensaje. De noche cuando me acostaba, especialmente los primeros días, un injustificado remordimiento y temor se recreaban en mi interior enseñoreándose de mi voluntad y haciendo de mí un auténtico pelele. Y de haber sido posible recomponer el mensaje, para mi mayor tranquilidad, con toda seguridad hubiera cumplido a rajatabla lo que en él se me pedía. Como una sentencia inapelable, aquella carta se había grabado en mi conciencia de formal tal, que mis decisiones y actitudes tenían que ser tomadas dejando siempre un margen de tolerancia a la fatalidad.

Es cierto que después del impacto psicológico que aquella carta me produjo, o por lo menos facilité el camino influido por otras circunstancias, condicionó en cierto modo mi posterior comportamiento, por lo que me hice más impresionable y observador; inclusive llegué a pensar que nadie ni nada me libraría de una inminente desgracia y, a partir de ese convencimiento, empecé a labrar mi propio fracaso: sin proponérmelo, cada día aportaba mi granito de arena como quien labra su propio porvenir. Sabía también, y estaba convencido de ello, que no era precisamente la carta el anuncio premonitorio de mi desdicha, sino el argumento donde poder agarrarme para dar sentido a mi sospecha y no pensar que me estaba volviendo loco. Y lo sabía, además, porque siempre me había reído de estas maniobras engañosas que componen este mundillo de asociaciones contemplativas y de creencias extraterrenas para beneficiarse del miedo al más allá.

No podría decir si aquella carta fue la causa del efecto o, más bien, fue el efecto psicológico el que motivó la causa, lo cierto es que, por aquellos días, un accidente me incapacita para mi normal actividad y, como consecuencia del mismo, observo que mi relación sentimental se tambalea como una torre de papel a punto de derrumbarse.

Según consta en la Ley de Murphi, "cuando presagiamos la proximidad de una desgracia como algo inevitable, aunque no encontremos una razón aparente, existe un gran riesgo de que ésta se produzca”, con independencia del peligro real que en aquel momento gire a nuestro alrededor.

2 comentarios:

white dijo...

Muy buenas Gore. ¡Cuánto tiempo! Por fin te encuentro de nuevo en otra casa, que por cierto es muy espaciosa. Estoy poniéndome al día pero no quería dejar de saludarte.
Por cierto, creía que las cadenas d elas mil y una desgracia ya no llegaban a través del buzón convencional si no de miles de e-mail que nos entretienen un montón. Supongo que ese sentimiento fatalista nos viene de demasiado lejos como para dejarlo tirado por los rincones. No te preocupes, que todas las rachas malas acaban por terminar.
Besitos

Cayetano Bretones dijo...

Hola paisana, es un placer verte por mi casa.
Es cierto que estoy un poco escondido, ya veremos si consigo estar más visible.
En cuanto a la historia que comento, no se basa en el sentido literal de la palabra, sino literario, y ya sabes que las letras son muy caprichosas y a veces dicen socas que no responden a la realidad.
Ya te visitaré. Besitos