La democracia, vista desde la dictadura, es un sueño, casi divino, que te transporta al paraíso. Pero cuando despiertas te das cuenta de que los sueños, sueños son. Cayetano Bretones
lunes, 8 de diciembre de 2008
VIOLENCIA DE GÉNERO
El problema de la violencia de género no es un problema nuevo: sería más acertado decir que se han descorrido las cortinas de la hipocresía y todo el mundo lo ve.
La mujer, ejerciendo su derecho a la libertad, con toda justicia, ya no se resigna por más tiempo a renunciar a su autonomía, a la vez que se defiende de los que han venido haciendo de la androcracia una institución. Es por eso que se encuentra con el muro de las reminiscencias de un pasado machista, de lo que deberían tomar buena nota las altas instancias del Estado y otros poderes fácticos para sentar las bases y atajar el problema desde la raíz.
La educación que han recibido casi todos los hombres, desde pequeños, no ha sido otra que hacer de su madre y hermanas servidoras incondicionales, de lo que ellas, en buena medida, indirecta e inocentemente, han tenido también su parte de responsabilidad. No debemos olvidar que a un hombre metido en faenas domésticas se le atribuían todo tipo de sospechosas especulaciones, pero raramente se le tenía por un hombre normal. De ahí que el hombre (sálvese el que pueda), haya venido desarrollando la creencia de su superioridad, frente a la inferioridad resignada y asumida por la propia mujer. Y no precisamente por su inferioridad física o intelectual, sino porque el código ético imperante se lo impedía, pues salirse de esos parámetros era duramente censurado por la sociedad, inclusive por las propias mujeres.
Por estas y otras razones, pese al avance de las libertades en democracia, muchos hombres e instituciones, especialmente educados con principios espurios y conservadores, no acaban de entender que una mujer pueda tener derecho a terminar con una relación conyugar o con un lazo sentimental por propia iniciativa, sin antes obtener el beneplácito de su marido o amante. Si la mujer se siente libre y se decide a dar el paso definitivo de la ruptura, por causas diferentes, suele ser interpretado como un quebrantamiento de las normas inviolables y suficiente razón para intentar someterla.
Por otro lado, cuando la forma de ser y la personalidad de un ser humano ha echado ya raíces profundas, raramente cambia, por muchos intentos y nuevas oportunidades que se le brinden. Lo estamos viendo cada día, cuando observamos que prefieren a su mujer muerta, y asumen su responsabilidad, antes que verla en los brazos de otro o perderla para siempre, en la que sólo ven un objeto para su propia complacencia. Así pues, por ser un problema arrastrado de cientos de años, no podemos hacer cambiar de la noche a la mañana una mentalidad andrólatra y, a veces, cafre, sin antes hacer campañas pedagógicas en los medios de difusión. Por la misma razón, también sería bueno que se impartiera en los colegios, desde primaria, una asignatura específicamente destinada a educar y orientar a niñas y niños en esta dirección.
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